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Cuento en el metro

12 Jun

“La mosca que soñaba que era un águila” es un cuento de Augusto Monterroso en ésta ocasión narrado por  Martín Dupá quien se caracterizó como payaso en los vagones del metro de la “Línea 2”. Hace muchos años que no lo hacía y se siente muy contento… jajajajaja. Incluso le ha dado por escribir éste post en tercera persona. Así que amigos no se escriba más y aquí les deja el video eh!!!

Saludos letransfusionados y alucinados! 😉

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Triste payaso

15 May

Sin ganas de nada. Hay que empezar otra vez. Y uno se pregunta cómo carajos se puede empezar algo si no hay ni una mínima intención de hacer, lo que sea, pero hacer. Curiosamente se lleva a cabo el prodigio, así todos los días logro salir y sobrevivir en esta gran urbe multicolor, (acaso sea ésta la ciudad que visitó Zaratustra, en visiones).

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Los días pasan y no hay nada. Nada digno de ser mencionado o que tan siquiera emocione a éste tan exigente y triste payaso. Escucho la música en alto volumen en todas partes, no se callan, es insoportable, mucho ruido. Aturdidos vagamos por las calles y ya muy pocos hablamos. Los que se atreven a comunicarse sólo tienen para comentar lo que todos ya han visto en el televisor o escuchado en el radio. Ya todo se sabe, no hay nada oculto. Y todos vamos repitiendo el conocimiento que se nos distribuye generosa y gratuitamente en los nuevos periódicos que regalan en las estaciones del metro. Que suerte vivir en ésta época, ¿cuando iba a imaginar mi abuelo que regalarían algún día los periódicos? Ahora podemos estar bien informados a cada instante, sabemos lo que pasa al otro lado, ¡no del mundo eh! no, sino del mismo universo. Ya sabemos cuando se originó y cuando terminará, afortunadamente nuestros hijos y los nietos de sus nietos no estarán ahí para presenciar el final de todo. Y otros saben que tal final no será un verdadero fin sino un nuevo comienzo para todo y todos. Así es la democracia universal.

Desde que llegaron los viejos humanos y nos contaron que en verdad hay un sin fin de planetas esperando ser habitados y que ellos mismos no han podido explorarlos en su totalidad y que existe la posibilidad de que se sigan encontrando millones más, a éste triste payaso le inunda un sentimiento de nulidad, como si el saber que hay millones y millones de planetas con millones y millones de seres humanos (y por supuesto millones y millones de tristes payasos) lo aplastara con las profundas ganas de aventarse a las vías del metro para acabar con ese sentimiento tan, pero tan aplastante.

Los viejos humanos viajeros del espacio nos han contado que cuando ellos salieron de su planeta fue en busca de sus hermanos pues ya sabían que estamos esparcidos por el universo y que en cada planeta hemos intentado conocer el sentido de nuestra existencia. Nos han enseñado que no hay tal, que en realidad no hay sentido para nadie de nosotros, sólo existimos para encontrarnos a nosotros mismos y como esto no es tan emocionante, hemos optado por encontrarnos en otros y por eso viajamos, de cualquier forma, pero viajamos. Ahora mismo ellos ya existen y no hace falta comprobarlo, aquí están, entre nosotros.

¡Vamos, que todos los payasos mentimos! ¡Por qué tendría que creer a los otros, si no son más que tristes payasos!

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