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Cuento en el metro

12 Jun

“La mosca que soñaba que era un águila” es un cuento de Augusto Monterroso en ésta ocasión narrado por  Martín Dupá quien se caracterizó como payaso en los vagones del metro de la “Línea 2”. Hace muchos años que no lo hacía y se siente muy contento… jajajajaja. Incluso le ha dado por escribir éste post en tercera persona. Así que amigos no se escriba más y aquí les deja el video eh!!!

Saludos letransfusionados y alucinados! 😉

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Ladrones con ética [Crónicas de un pata de perro]

23 Ene

Así, poco a poco es como se irá tejiendo este relato. Sucedió hace ya mucho, cuando todavía contaba chistes en los vagones del metro, vi a un señor cantando con micrófono, traía una radiograbadora con karaoke, de esas de los ochenta, en ella reproducía un cassette con pistas de las canciones. Fue algo que me causó mucha impresión pues además el señor cantaba muy bien. Lo seguí cuando bajó del vagón y le pedí me dejara ver su maravillosa radiograbadora. Examiné hasta el último detalle. Aquello era algo muy bueno y quise tener una para ya no tener que hablar fuerte en los vagones y entonces poder trabajar más tiempo sin cansar mucho la voz.

Días después inicié en el tianguis la búsqueda de una radiograbadora con karaoke, sí, una como la del señor que vi en el vagón. No me importaba mucho si le funcionaba el reproductor de cassette porque, para mis fines era sólo necesario el karaoke. Caminé mucho entre puestos de chácharas y juguetes usados. Un viejo tenía en el suelo su puesto, sobre un trozo de alfombra donde ofrecía toda clase de objetos que estaban bien distribuidos y clasificados; al frente habían muñecos pequeños de los cuales unos eran muy viejos; por la mitad estaban otros artículos de mayor valor como relojes, pequeñas esculturas de mármol o bronce ideales para un escritorio; y hasta atrás estaban los electrodomésticos, una lavadora, un par de televisores, algunos radios y sí, allí estaba el aparato anhelado: la radiograbadora. Estaba muy bien cuidada, le servía todo y no sólo eso sino además el viejo sacó de una bolsa un pequeño micrófono diciendo que esa radiograbadora la había comprado a su nieto para que practicara desde pequeño y llegara a ser un gran cantante como Antonio Aguilar pero, a su nieto le gustaba más hacer papalotes y echarlos a volar en el llano, en fin, ahora la estaba vendiendo pues él tampoco era bueno cantando. Me preguntó si era yo cantante y le dije que no pero, podría intentarlo y entonces conecto la radiograbadora con el micrófono, sacó un cassette con pistas de las canciones que interpretaba Pedro Infante y canté Amorcito corazón apenas a la mitad porque el viejo y sus vecinos estaban desternillados de risa. Al viejo le cayó tan bien el rato de risa que me dejo la radiograbadora por menos dinero del que pedía.

De regreso compré las pilas para la radiograbadora.

En casa estuve ensayando con el nuevo artilugio porque antes no había utilizado un micrófono. Pronto me acomodé con la radiograbadora y el micrófono y entonces me animé a llevarlos al metro. El primer día y los subsecuentes me fueron bien y lo mejor: no me cansaba tanto. Otro detalle de la radiograbadora es que tenía un par de botones con los que se podía ajustar el sonido grave y agudo. Me escuchaban en todo el vagón y bien. Con el tiempo fui aprendiendo como hablar mejor al micrófono y me fui haciendo uno con la radiograbadora. Busqué también tiendas donde pudiera comprar pilas económicas.

Al principio compraba las pilas en tiendas, farmacias o tlapalerías (sí, también allí se venden pilas) pero, una vez platicando con un amigo me recomendó que las comprara en Tepito, el más conocido y popular barrio bravo de la zona centro de la Ciudad de México. Efectivamente allí encontré las pilas a un mejor precio e incluso alcalinas que duran más. Durante mucho tiempo fui a Tepito por las pilas para mi radiograbadora.

Un día me enteré de manera muy peculiar de que en Tepito no se trabaja los martes, la razón es que ese día al parecer rinden culto a la “Santa Muerte”. No tenía conocimiento de ese detalle y fui a comprar las pilas para mi radiograbadora. Cuando llegué por el “Eje 1” me di cuenta de que todos los puestos estaban vacíos pero, pensé que calles adentro podía encontrar algún puesto abierto. Era medio día. Caminé hasta llegar a la calle de Aztecas y entré en dirección opuesta al Zócalo. Los puestos seguían vacíos y más adelante no se veía movimiento alguno de comercio pero la necesidad de comprar las pilas me impulsó a seguir caminando. Iba en medio de la calle pues las banquetas estaban ocupadas por los puestos, vacíos. Caminando también otro par de sujetos se me emparejaron y [sube a la banqueta] dijo uno de ellos [no hagas panchos] dijo el otro y ambos me tomaron de los brazos. En la banqueta [afloja la lana] saqué todas las monedas que había juntado ese día trabajando en el metro. Fui sacándolas en puños y dándoselas a uno de ellos que había hecho un gesto de desesperación al ver tanta morralla [no mames, este wey rompió el cochinito], yo seguí sacando las monedas con mucho temor. El otro mientras tanto ya me había quitado la mochila donde traía la radiograbadora y la estaba sacando [chale, ¿qué pedo con esta reliquia?], le dije que la ocupaba para trabajar [ora con este wey, ¿qué haces con esta madre?] y les expliqué como funcionaba y que trabajaba en los vagones del metro contando chistes y que por eso tría tanta morralla y la radiograbadora [no chingues cabrón, éste wey es la banda].

Me regresaron las monedas, la radiograbadora y la certeza de que aún en Tepito, el barrio más bravo de México: hay ladrones con ética.

Martín Dupá


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Un payaso sin nariz [Crónicas de un pata de perro]

4 Ene

Mudanza

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Regresar o no a terapia, ese es mi dilema

4 Ago

Me gustaría tener mejores palabras para describir mi estado actual, pero no las hay. Me adelanto un poco a lo que quiero decir y es que me cuesta mucho trabajo. No debería estar aquí escribiendo a ustedes, pero me hace falta decir tantas cosas y me llena de impotencia no poder expresarlas y encontrar una ayuda efectiva. Sé que lo mejor sería regresar a la terapia con el buen Gustavo, pero a estas alturas tengo muchas deudas como para pagar la terapia, al mismo tiempo sé que un esfuerzo por pagar estaría muy bien porque luego de una o varias sesiones comenzaría a trabajar mejor y ser un poco más productivo. Esta parte es la que más me produce conflicto: sentir que no hago nada. Cuando caigo en estas crisis me vuelvo muy compulsivo en otras cosas, principalmente andar vagando por la red (antes lo hacía en la calle, jajajaja) o jugando (antes era ajedrez, pero lo dejé porque ya me estaba trayendo demasiados problemas, era el ajedrez o mis responsabilidades y bueno, con dos hijas, claro que me ganan la partida y entonces: jaque mate cabrón y te chingas, recuerdo el primer y único torneo al que fui sólo con el dinero para los pasajes y como se alargó estuve todo el día sin comer y cuando llegué a las últimas rondas ya no sabía ni como defenderme, así con hambre y pensando en que ya tenía que ir a trabajar para el gasto del día siguiente, ¡puta madre cabrón!, así no se puede… por eso dejé el ajedrez… que paréntesis tan grande), sí ahora juego Mob Wars en Facebook. Han sido muchas horas de estar allí, perdido, con hambre y no por que no haya que comer, digo, finalmente también trabajo y no ha faltado para el gasto, pero si para el teléfono, la luz, etc.

¡Ya! Me digo en repetidas ocasiones… ¡Ya basta! ¿Y ustedes creen que me hago caso? Ni madres cabrón!!! No me hago caso y vuelven tantas cosas, como querer encontrar a mi madre y entonces saber que muy probablemente la mató mi padre, sí, porque si fue capaz de matar a las madres de mis otros hermanos, porqué a la mía no, claro sé que a muchos esto puede importarles un comino (jajajaja… un comino, que pendejo!!!). No, sé que allí detrás del monitor, a lo largo del cableado telefónico, conectados a la red están mis Amigos, sí con mayúscula. A muchos los he conocido aquí mismo y a otros allá fuera: a todos los llevo en el corazón (que cursi, ¿no?).

¿Qué me pasa?, ¿Por qué esta catarsis? Estaba jugando, sin desayunar claro y recordé varios pendientes, entonces me puse a ordenar un poco las cosas para ya hacer algo. Casi todos los días escucho al Café Tacvba y en esta ocasión se reproducía una rola muy buena: “Déjate caer”, escuchaba muchas otras, pero en el transcurrir de esta se me hizo un nudo en la garganta, aflojé la tensión, no grité porque espantaría a mi hija sin contar que mi suegra vendría enseguida a ver que pasa, sólo subí el volumen, escuche, solté un gemido y el llanto llegó. Recordé que tengo un blog y gente que lee mis locuras. Así que aquí me tienen, líneas arriba estaba llorando mucho, en este momento ya estoy más tranquilo. Se me ocurre para el siguiente post terminar de editar un poema, ¿cual? Será una sorpresa. De momento les dejo el enlace para que escuchen la rola, quizá también se dejan caer:

http://mx.youtube.com/watch?v=4kdjWqEojlE

Saludos letransfusionados y alucinados. 😉

De patadas y coscorrones [Crónicas de un pata de perro]

11 Jun

En cualquier momento puedes dejar de ser; pero ¿quién eres tú?, ¿quién soy yo? y ¿para dejar de ser uno mismo hace falta morir? ¡No! Lo que hace falta, de verdad, es que uno pueda morir de vez en cuando y así dejar de ser el mismo. ¡Sí! Hace falta morir por lo menos una vez al año. Morir una vez al año para olvidar lo que uno es, ¡si es que alguna vez uno ha sido! Lo mejor de esto sería (después de muerto y luego del olvido) resucitar con todos los recuerdos de la vida pasada para seguir siendo el mismo, ese que nadie conoce tanto como uno mismo y que nos acompaña desde el inicio hasta el fin, aunque uno (uno mismo, yo mismo) no sepa de seguro quién es. Sigue leyendo

Mi pasión por las putas III [Crónicas de un pata de perro]

1 May

Un buen fin de semana, nada de tareas, en la escuela los maestros se habían puesto de acuerdo para que ninguno de ellos encargara trabajos a sus alumnos, al menos eso quise pensar, pero lo más seguro es que haya sido sólo una coincidencia. El maestro de Historia del Teatro era uno de los más exigentes, no se conformaba con simples exposiciones sobre el tema en curso, no, hacía falta investigar a fondo y llevar material extra, cualquier cosa… cualquier detalle que ampliara el conocimiento en algún personaje, por ejemplo si alguien encontraba un nuevo dato sobre la vida de Artaud o si descubría entre líneas un mensaje oculto de Stanislavski o Grotowsky para los futuros actores, este maestro se emocionaba y nos pedía investigar más, escrutar los libros, desmenuzar la trama histórica entretejida por nuestros antepasados teatrales: un apasionado fanático antropólogo teatral. Así iba la vida en aquella escuela; memorizar obras completas, entrenarnos en la improvisación, ejercitarnos para estar listos en escena, en fin, todo para ser actor. No obstante, aquel fin de semana no había trabajo pendiente y tenía todo el tiempo para hacer lo que quisiera. Sigue leyendo

1985 [Crónicas de un pata de perro]

23 Abr

Mudanza, nueva dirección:

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