De patadas y coscorrones [Crónicas de un pata de perro]

En cualquier momento puedes dejar de ser; pero ¿quién eres tú?, ¿quién soy yo? y ¿para dejar de ser uno mismo hace falta morir? ¡No! Lo que hace falta, de verdad, es que uno pueda morir de vez en cuando y así dejar de ser el mismo. ¡Sí! Hace falta morir por lo menos una vez al año. Morir una vez al año para olvidar lo que uno es, ¡si es que alguna vez uno ha sido! Lo mejor de esto sería (después de muerto y luego del olvido) resucitar con todos los recuerdos de la vida pasada para seguir siendo el mismo, ese que nadie conoce tanto como uno mismo y que nos acompaña desde el inicio hasta el fin, aunque uno (uno mismo, yo mismo) no sepa de seguro quién es.

SkullFromTheFront.JPG

En el presente podemos saber quienes somos gracias a los recuerdos que tenemos de nosotros mismos. Es la memoria lo que nos amarra a este mundo, el recuerdo de lo que fuimos (de lo que somos a cada instante).

Resulta curioso que después de compartir recuerdos con otros, a veces, los hagamos nuestros: yo también fui Papillon, me acosté con Naná, en Macondo me enamoré de Remedios, le hice alas a Ícaro, escuché las historias de Gigi Cicerone. Entonces no únicamente los recuerdos, sino también las ficciones de otros las hacemos nuestras.

Recuerdo cuando reconstruí un avión de juguete y le añadí un motor pequeño, el cual había comprado en las chácharas que vendían en un tianguis cerca de casa, también le puse un par de focos chiquitos. El motor y los focos fueron conectados a una batería pequeña. Todo estaba unido con trozos de alambre, pedazos de cinta de aislar y cables para las respectivas conexiones. El motor lo puse en la trompa del avión (al final parecía más una avioneta); los focos, en los extremos de las alas principales; la batería, pude meterla dentro del avión. Al eje del motor le ajusté un par de clips desdoblados que hacían de hélices. La primer vez que hice funcionar aquel juguete, aún no contaba con un interruptor, lo hacia de forma manual juntando los dos cables que había dejado fuera. Esperaba hasta la noche para usarlo, pues en la oscuridad era algo realmente fantástico, algo mucho más real. Así, este recuerdo, me dice lo que fui y sigo siendo; continuo juntando cosas (mis recuerdos) para construir nuevos juguetes (mis textos).

Kitesflying.jpg

Recuerdo cuando echaba a volar los papalotes que me enseño a crear mi abuelo y que luego perfeccioné con ayuda e ideas de mis amigos de la cuadra. Allá en la colonia donde viví de chamaco, había un llano grande, donde iba con mis cuates a volar nuestros papalotes y ya por aquel entonces comenzaban a salir unos papalotes hechos de fábrica (hace mucho que no veo a los niños hacer papalotes y hace mucho que no veo un llano grande en esta ciudad), estaban chidos, no lo he de negar, hasta en alguna ocasión me compré uno y digo que me lo compré porque desde niño comencé a trabajar y ya traía mis buenos pesos. También es cierto que mi padre me seguía dando mi domingo con lo que se puede decir que era uno de los que más pesos traían para gastar en la escuela, cosa no tan buena, porque luego salían los revoltosos, esos que desde chamacos andan de cabrones quitando a los demás lo que se pueda, sí, esos que ahora de grandes siguen chingando a los demás: esos a los que también desde niños se los chingaban sus padres. Ahí tienen al buen Miguel, al que le decían El Tuna por traer siempre los pelos de punta y su hermano Héctor alias El Tetos. El mismo año que entré a la escuela primaria El Tuna entró también y le tocó en el mismo grupo que a mi. Un día, sin más, a la hora del recreo me retó, nos vemos en la salida, dijo El Tuna. Yo estaba que me cagaba de miedo pues nunca antes me había peleado, sin embargo, asistí a la cita. Antes había ido al mismo lugar, pero en calidad de espectador, era emocionante ver como otros se daban en la madre y uno podía gritar para apoyar o insultar respectivamente a quien lo mereciera. Un parque cercano a la escuela era el escenario de los combates que todos los días se llevaban a cabo y donde los protagonistas de siempre eran El Tuna y su hermano El Tetos. Era mi primera vez, casi todos los niños de la escuela estaban allí, la mayoría ansiosos por ver como nos rompíamos la jeta (ojalá yo también se la hubiera roto a ese cabrón, pero nunca he podio rompérsela a nadie). Cuando llegué, abrieron un circulo y el Tuna estaba en medio, casi me orino, pero tenía que iniciarme o no dejaría de ser un simple cobarde (¡un pinche puto!) para los demás y para mi mismo, así que me aventé al ruedo donde me recibió El Tuna sin siquiera darme oportunidad de meter las manos. Pronto, entre el polvo, sentí los golpes duros de El Tuna un niño igual que yo, pero con más experiencia. Al cabo de unos momentos me tiré al suelo con la esperanza de que El Tuna dejara de golpearme. No. No dejo de hacerlo. Haberme tirado fue lo peor que hice porque se aprovechó más y me pateó allí en el suelo. No recuerdo cuanto duré tirado, pero en un momento logré ponerme de pie y me fui contra él con todo el odio que había acumulado, más no sirvió de mucho pues no atiné a darle un sólo golpe y al contrario recibí otros tantos. Rompí en llanto y dejó de golpearme. Los espectadores comenzaban a retirarse. Un par de amigos me ayudaron a sacudir el polvo del uniforme, otro cargó mi mochila para dármela, luego caminamos cada quien hacía su casa.

En el camino, ya estando solo, iba triste y muy encabronado conmigo mismo, pateaba las piedras que se me atravesaban y le iba mentando la madre a El Tuna. La sangre me escurría de la boca y la nariz, tenía raspones en los brazos y me dolía todo el cuerpo. De pronto apareció el taxi de mi padre. El taxi de mi padre era un “vocho” (Volkswagen [en alemán “Automóvil del Pueblo”] Sedán) al cual se le había quitado el asiento del copiloto. Paró a mi lado el taxi, no quería voltear a ver a mi padre pero fue inevitable. Abrió la puerta y subí. Sentí un duro coscorrón que mi padre atinaba a dar justo en uno de los chichones que me había hecho El Tuna, en ese momento lloré más, sólo que en silencio, aguantando, tragando, ahogando una buena mentada de madre para mi padre. No dije nada, no lo vi, las lágrimas seguían fluyendo. Me preguntó quién había sido y le conté todo. Estuvimos un rato en silencio hasta que encendió el motor del vocho y avanzamos. En el camino no habló. Llegamos a casa donde mi madre tampoco dijo nada al respecto, nos dio de comer.

Por la tarde mi padre me llevó a una escuela de artes marciales. Me inscribió, compro el uniforme y antes de meterme a la primer clase dijo mi padre: a ver si así se te quita lo pendejo. Lo primero que pasó es que me caí al intentar hacer una de las patadas voladoras que estaba enseñando el maestro. Después de varios intentos y con la ayuda de mis nuevos compañeros pude hacerlo. Si. Al cabo de un rato ya estaba dando patadas voladoras y aprendiendo mis primeras katas. Al final de la clase el maestro explicó para mi y para recordar a los demás que el Karate-do no deberíamos usarlo para agredir a las demás personas sin motivo alguno y que sólo sería usado en combate con nuestros compañeros dentro de clase o en torneos y como defensa en otros lugares. A mi padre no le agradó eso cuando le conté.

Al siguiente día me detuvieron a la entrada de la escuela, ya tenían a El Tuna en la dirección, al parecer alguien les había contado lo sucedido. Me pidieron contar mi versión. Suspendieron a El Tuna por unos días y mandaron a llamar a nuestros padres. Ese día El Tuna anduvo rondando la escuela. Cuando llegó la hora de salir tuve miedo de encontrarlo en el camino. Pronto el miedo me abandonó al recordar mi primer clase de Karate-do. El parque estaba en el camino y allí como siempre El Tuna, El Tetos y la multitud de niños ansiosos de ver acción. Nuestro pequeño e infantil Coliseo imaginario, empero no menos real, ya estaba lleno. Se abrió el circulo y las gargantas de los chamacos con sus gritos llenos de emoción. El Tuna estaba muy encabronado y yo un poco más tranquilo por saberme poseedor del conocimiento milenario surgido en Okinawa. Recordaba las palabras del maestro. Hice una serie de katas y algunas patadas voladoras pensando que El Tuna ya no querría pelear y ciertamente quedó sorprendido al igual que todos los demás, pero no faltó quien gritara: ¡tiene miedo, es puto! Entonces El Tuna se me aventó y en ese preciso momento olvidé todo. Todo. Terminé otra vez en el suelo y aun más quebrantado que el día anterior.

Fueron muchos los coscorrones de mi padre por las derrotas que tuve frente a El Tuna hasta que este cambió de víctima. A la escuela de Karate-do dejé de ir un mes después por haber perdido parte del uniforme a más de que mi padre se dio cuenta de que no era ese mi camino. En la escuela me conocían ya como el karateca y a pesar de no haber ganado nunca, ya nadie me agredió.

Las palabras de mi maestro y los fundamentos del Karate-do entre ellos: respeto, justicia, armonía y esfuerzo los llevo en mi desde entonces.

Martín Dupá

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Publicado en Crónicas de un pata de perro, letransfusión
2 comments on “De patadas y coscorrones [Crónicas de un pata de perro]
  1. Gris dice:

    Hace casí un año lo leí…..
    Y volverlo a leer es emocionarme, enojarme y sentir una especíe de injusticía…..
    Pinche Tetos y Tuna montoneros, pero creeme que no son muchos así cuando creecen, y les toca ser pisoteados por algun “ñoño” o “nerd” de la clase del 93, eso para muchos es cachetada con guante blanco, y yo voto por ellos, por que dejar de ser del montón y seguir nuestros ideales nos hacen unicos, que diferencia hubiera si en vez de coscorrones nos hubieran dicho “no pasa nada, alza la cabeza y sigue andando” ¿? los golpes de la vida son aprendizajes que no? y eso es lo “hermoso” de esta puta vida en la que nos toco vivir, es muy agradable regresar a este Blog, algunas veces me pregunto en que momento deje de leer, o deje de emocionarme con una que otra cronica tuya, te agradesco mucho que apesar de no conocernos, seras mi amigo y que cuando menos lo espero escribes algo y me recuerdas que aun hay mucho por vivir, aun hay muchos guamazos por darme, Gracias.

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