Nora I

8 Jun

Hace unos días ando acechando al recuerdo para darle caza. La temporada de veda se acabó, es tiempo de tomar el rifle y salir con mis sabuesos a cazar recuerdos…

¡QUÉ PUTA MIERDA ES LO QUE ME IMPULSA A ESCRIBIR!

Vaya, ni tan siquiera me había tomado la molestia de revisar que no estuviera esta madre en mayúsculas, de tal forma que la primera línea ha quedado como si estuviera gritando. De cualquier manera, así está bien, la verdad es que ese grito, quizá inconsciente, es lo que necesitaba, sí: un grito instintivo; un grito visceral; un grito espontáneo.

Ahora recapitulemos. ¿Cómo estaba hoy por la tarde? Sí, pregunto ¿cómo estaba allí en la cocina de los Hare Krishna? Mal, completamente mal, en estado depresivo de lo peor que me ha pasado por estos días. Y es que para acabarla de chingar, se sentó en mi mesa (digo la mesa donde estaba comiendo, que evidentemente no es mía) un viejo que me recordó a mi padre. Ajá, otra vez mi padre al que no veo desde hace ya muchos años. Lo imaginé hoy así, viejo. Mi padre. Ya debe tener más de ochenta años, actualmente tengo treinta y dos años. Cuando vine al mundo mi padre andaba por los sesenta años, lo que significa algo asombroso para muchos, pero si ustedes lo hubieran conocido por ejemplo, cuando yo tenía ocho años y que el ya andaba cerca de los setenta, no sería mucho el asombro de que me haya concebido a su edad porque siempre se mantuvo en forma: baños de agua fría; se iba temprano a la cama; buena alimentación con muchas verduras y poca carne (en especial evitaba la de cerdo); mucho ejercicio, aunque no como ahora se acostumbra yendo al parque o al gimnasio, no, el era amante de los trabajos duros y pesados, esa era su forma de hacer ejercicio. También gustaba mucho de caminar y más que nada en el mundo, de fornicar. Con varias amantes en la misma colonia donde vivíamos, copular era uno de sus pasatiempos favoritos. Quizá lo hacía con o por amor, eso nunca lo supe.

Recuerdo cuando me llevaba con la dueña de una farmacia y luego de que esta nos invitaba a comer nos decían a su hija y a mí que saliéramos a dar una vuelta en la bicicleta, algo que me fascinaba. Mientras mi padre y la señora de la farmacia fornicaban, su hija y yo andábamos en la bicicleta (una Vagabundo), excelente oportunidad para el jugueteo sexual ya que gracias al diseño del asiento cabíamos muy bien los dos en él e íbamos muy juntos, algo en extremo excitante, aún en aquella temprana edad. Ella nunca me reclamo y al contrario cuando estaba más excitado ella se pegaba más a mí. Luego de dar varias vueltas por la colonia íbamos a un parque y nos revolcábamos en el pasto. Nosotros, a diferencia de nuestros padres, no teníamos un lugar íntimo entre cuatro paredes, sin embargo, estar juntos era algo muy íntimo y no importaba que fuera al aire libre. Algo curioso es que nunca nos besamos, yo no sabía como hacerlo, eso lo aprendí más tarde. Pero volvamos con el viejo. Cuando regresábamos de dar la vuelta en la Vagabundo, mi padre y la señora de la farmacia ya estaban en la sala y apenas entrábamos, él se paraba y comenzaba a despedirse pues ya casi era hora de dormir y todavía teníamos que regresar a casa dónde la esposa de mi padre nos esperaba para cenar.

Otra de sus amantes vivía en condiciones que si bien no eran de extrema pobreza, al menos si muy difícil de sobrellevar la vida. Tenía cinco hijas y el padre las había abandonado, no, no era el mío, más bien mi padre se aprovechaba de la situación para obtener los favores de la señora, quien por cierto era muy guapa, ídem sus hijas. Allí no aplicaba lo de la Vagabundo porque no cabía con todas sus hijas y además no todas me interesaban, sólo dos de ellas: las más grandes, de trece y catorce años. Siempre me las arreglaba para terminar con una de ellas debajo de un lavadero. Acariciar sus cuerpos y besarlas (ellas me enseñaron a besar) eran sensaciones extraordinarias.

Hubo muchas casas que visité con mi padre: siempre con el mismo fin y tal parece que también se preocupaba por su hijo pues siempre hubo niñas para “jugar”.

Conocí una casa en donde además de una niña había una mujer. En este caso la señora de la casa tenía dos hijas; una de nueve años y otra de veinte. Otro detalle que cabe destacar es que el esposo no las había abandonado y además el señor era amigo de mi padre. Generalmente íbamos acompañados de la esposa de mi padre, quizá para despejar toda sospecha. El método que seguía mi padre era llegar antes de que su amigo saliera del trabajo y cuando llegábamos le decía a mi madre que fuera a comprar algo para comer y que se llevara a la niña para que le comprara unos dulces. Pensaba en mi pues hacía que me quedara. El dinero siempre fue un punto muy importante: sin este habría sido muy difícil que llevara a cabo sus objetivos. La esposa de mi padre se llevaba a la niña y quedábamos: mi padre, la señora, su hija de veinte y yo. Todo lo anterior era muy rápido, es decir, estaban muy bien coordinados, por lo que el tiempo de estar solos era suficiente: poco más de una hora. Apenas quedábamos solos y la señora me indicaba que fuera a jugar videojuegos en la habitación de su hija (la pequeña) y le pedía a Nora (así se llamaba la de veinte) que me acompañara. Esto era cada vez que íbamos de visita con esa familia y nunca se descubrió nada hasta cierta ocasión. Siempre el mismo ritual, Nora y yo en el cuarto de su hermana jugando videojuegos o escuchando música, mientras nuestros padres fornicaban antes de que llegaran sus parejas oficiales. Algunas veces me ha dado por pensar que quizá el motivo de que tardara tanto la esposa de mi padre y el esposo de la señora: es que se encontraban ellos en algún lugar haciendo lo mismo, pues invariablemente luego de que llagaba la esposa de mi padre con la niña, cinco minutos más tarde entraba el padre de Nora: extrañamente feliz y tranquilo. Pasaron algunos años hasta que tuve dieciséis y Nora veintiséis. Un día estábamos probando un nuevo videojuego, cuando Nora se desabotonó la blusa, me quitó el joystick, se paró frente al televisor y fue haciendo a un lado el borde de su blusa dejando ver el sostén blanco que cubría sus senos, en ese momento el auto que corría en el videojuego y que por alguna extraña razón no había chocado, se estrelló y perdimos la carrera. Nora soltó el joystick y una sonrisa al mismo tiempo, con una mano seguía desprendiendo la blusa de su cuerpo y me tomaba de la mano, llevándola hasta el sostén blanco. Tenía miedo, cierto que había estado con muchas mujeres (niñas y adolescentes), pero habían sido de mi edad y Nora era diez años mayor que yo, además era la primera vez, luego de seis años de conocerla, que la veía desnudar su cuerpo. Descubrí que era hermosa y tuve más miedo. Temblando la besé, ella me fue quitando poco a poco la camisa: sus manos eran suaves caricias, sus labios tiernos gajos de fruta madura.

En pleno orgasmo simultaneo escuchamos desde otra habitación un disparo y luego otro seguido de tres más a intervalos un poco largos. Nora y yo nos quedamos muy quietos y todavía sintiendo pequeñas contracciones. Bañados en sudor nos acercamos lentamente a la ventana y vimos desde allí al padre de Nora atravesar el patio, al abrir la puerta para salir a la calle, estaban allí la esposa de mi padre y la hermana de Nora. Se fueron juntos.

Desnudos como estábamos fuimos a ver lo que ya presentíamos. Al entrar en la habitación de los padres de Nora vimos a su madre tendida en la cama: los ojos abiertos, desnuda, quieta, con la sangre escurriendo de su frente. Abajo, en el suelo, estaba mi padre bocabajo ahogándose en su propia sangre y aun vivo. Nora pasó por encima de él y se echo en la cama junto a su madre. Giré el cuerpo de mi padre, respiraba con dificultad aferrándose a la vida.

Se oyeron las sirenas primero lejos y luego muy cerca. Entraron en la habitación un grupo de policías primero y luego un grupo de paramédicos.

Martín Dupá

Fotografía:

radhe krishna
»» ruchee
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4 comentarios to “Nora I”

  1. letransfusión 9 junio 2008 a 1:22 am #

    George Un gusto tenerte por aquí otra vez.

  2. George 8 junio 2008 a 10:36 pm #

    buen relato, me ha gustado mucho.

    Saludos

  3. letransfusión 8 junio 2008 a 3:08 pm #

    Oskar Cierto, tan increíble como que tiene un poco de ficción. Lo interesante, claro desde mi punto de vista, sería encontrar el punto donde convergen realidad y ficción.

    Saludos letransfusionados y alucinados. 😉

  4. Oskar 8 junio 2008 a 9:05 am #

    Wow… Increíble tu vida; que mal que así haya sucedido. Lo bueno fue tener todas esas experiencias… Que rico volver a leerte… 😉

    Saludos…

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